Aida de Verdi desde el Real

Aida de Verdi desde el Real

Aida de Verdi desde el Real

Aida, la historia de la esclava etíope en el Egipto faraónico, ópera de Giuseppe Verdi en cuatro actos con libreto de Antonio Ghislanzoni, estrenada en el Teatro de Ópera de El Cairo el 24 de diciembre de 1871.

Aida, princesa etíope, es capturada y llevada a Egipto como esclava. El comandante egipcio Radamés, tendrá que elegir entre el amor y la lealtad al Faraón. Verdi retrata en ‘Aída’ un triángulo amoroso con un trasfondo político y social, los celos, los amores prohibidos, la traición, la soledad, la muerte…

Esta producción del Teatro Real repone la de Hugo de Ana del propio coso madrileño de 1998, con la que inauguró la segunda temporada del ‘nuevo’ Teatro. La representación está dedicada a uno de los grandes intérpretes del rol de Radamés, el tenor Pedro Lavirgen.

El reparto está formado por un trío protagonista de excepción: Liudmyla Monastyrska, que da vida a Aída; Violeta Urmana, en el papel de Amneris y Gregory Kunde como Radamès.

Os dejo algunas críticas de la prensa.

«A la espera de que mejore en próximas funciones, vimos una versión compacta, contenida, escasa de emoción, con apenas temperamento»

Quien crea que programar una obra indiscutible como «Aida» garantiza el éxito, desconoce que levantar el telón siempre es una operación de riesgo. Aunque sea recuperando la muy recordada producción de Hugo de Ana que el Real estrenó hace veinte años abriendo la segunda temporada de un teatro que aún se sentía en la obligación de demostrar su capacidad técnica. Gustó mucho entonces, salvo en varios detalles, pues a todos sorprendió la magnificencia de la propuesta escénica, apabullante por lo arrebatada y lo aparentemente fiel. Al menos todo lo fiel que es posible ser a este Egipto verdiano cuya autenticidad es moneda de chocolate.

Desde su origen en 1872, «Aida» sobrevive haciendo creer que es una obra inmediata lo que significa que se defiende frecuentemente en escenarios naturalistas. El de esta producción lo es desde una perspectiva corpórea y también ayudada por varios videos de aspecto holográfico. Pero más allá de la inmediatez corriente y abarrocada del paisaje, importa lo problemático de la realización y su importante poso de vacuidad. Hay mucho de viejuno en esta vieja producción tan abierta a lo decorativo y muy poco a sustanciar situaciones o caracterizar personalidades; tan proclive a la torpeza del gesto, a la acumulación de maquillaje, a lo estrafalario del vestuario, incluso al feísmo, consideración estética que como bien explicó Umberto Eco puede llegar a ser esplendorosa.

Aquí no es el caso porque en el ínterin se insertan coreografías torpes y un punto vulgares, procesiones de una trivialidad evidente, posiciones escénicas irrelevantes. La cuestión no es, por tanto de gusto sino de credibilidad, algo en lo que el maestro Nicola Luisotti y los tres repartos que se proponen tendrán mucho que decir en las próximas funciones. La de anoche apenas se desenvolvió por la superficie de la partitura sin penetrar en su muy comprometedores meandros vocales. Desde una perspectiva general, la versión creció en el final porque la orquesta dio lo mejor de sí y los protagonistas encontraron en lo dramático una zona de confort.

Por el camino faltó sutileza y autoridad. El caso de Violeta Urmana es ejemplar en tanto Amneris es epicentro de la obra. Escaseó el sentimiento y la gravedad, incluso la falta de riesgo, decisión compartida por muchos. Gregory Kunde, como Radamés, refugiándose en la veteranía y en la saludable brillantez del agudo. Evidentes cambios de color y cierta inestabilidad en la voz de Liudmyla Monastyrska terminaron por dibujar una Aida irregular. Y Luisotti arropó a todos ellos y al coro del Real, sorprendentemente inestable, haciendo alarde de un oficio muy consolidado. Fue un versión compacta, contenida, escasa de emoción, con apenas temperamento.

Las funciones de «Aida», y así consta en el programa de mano, se dedican a Pedro Lavirgen, poderoso Radamés en la historia del título. También se ha recordado a Jesús López Cobos, director musical del Real durante siete sustanciosos años y fallecido recientemente. Un educado aviso por megafonía resolvió la cuestión en la representación de anoche.

Mucho esteticismo, incesantes ‘tableaux vivants’, pero escasa dirección de actores y muy pocas ideas

El Teatro Real repone la producción de Aida de Hugo de Ana estrenada originalmente hace veinte años, pocos meses después de su reapertura. No hay aquí rastro de la lupa antiburguesa de Adorno, ni de la lectura crítica que Edward Said hace de la ópera en un largo apartado del segundo capítulo de su Cultura e imperialismo (“El imperio en acción”), ni de las dislocaciones entre lo esperable y lo visible, como pasaba, por ejemplo, en la marcha triunfal de otra famosa producción de Aida, la de Peter Konwitschny para la Ópera de Graz en 1994, con los trompetistas situados junto al público y el coro invisible fuera de escena, donde sí se veía a Radamès y Amonasro triunfalmente manchados de sangre en una aburrida fiesta junto a los demás personajes principales.

Lo que sí hay en este exponente del Teatro Real de ayer, o de anteayer, muy diferente del de hoy, es mucho esteticismo, incesantes tableaux vivants, pero escasa dirección de actores y muy pocas ideas. Musicalmente, lo mejor es con mucho la espléndida dirección de Nicola Luisotti, que no incurre en un solo exceso en una ópera proclive a cometerlos y que dirige con pulso, poesía y sentido teatral en todo momento. Para quien se canse del trajín escénico, verlo dirigir en el foso es un verdadero placer y enseña incluso más sobre la obra que lo que se ve sobre el escenario. Las voces, sin embargo, pocas veces están a su altura: Gregory Kunde, casi afincado en nuestros teatros, ha llegado a Radamès con la voz ya fatigada y lo que puede hacer no siempre se corresponde con sus buenas intenciones; Liudmila Monastirska posee las cualidades para Aida, pero su potencia vocal tiende a desbocarse por momentos y acusa serias carencias de expresividad y dicción; tras un comienzo muy dubitativo (al igual que Kunde), Violeta Urmana hace crecer a su Amneris, reservando lo mejor para el último acto. Del resto del reparto, el más reseñable es el excelente y noble Ramfis de Roberto Tagliavini.

Es esta una Aida para contemplar y escuchar (deslumbrados ante tanta maravilla, como Hans Castorp cuando la oye en el gramófono en el último capítulo de La montaña mágica), pero no para pensar y adentrarse en las zonas oscuras y los múltiples dobleces que esconde toda obra de arte. Hay previstos este mes hasta tres repartos diferentes, lo que cambiará no poco el juego de equilibrios musicales. Pero lo que se ve ‒y, ay, lo que ha dejado de verse‒ seguirá siendo, claro, lo mismo.

No nos gustó la coreografía de Leda Lojodice por su falta de originalidad y su escasa conexión con la acción, aunque tuvo su lado virtuoso.

Desde 1999 no subía al escenario del Real esta ópera verdiana. Lo hace ahora de nuevo y, curiosamente, en la misma producción que en aquella oportunidad ideara Hugo de Ana. «Aida» es un título capital en el que resplandece la habilidad para combinar lo antiguo con lo moderno, hasta el punto de que podríamos afirmar que es, a la vez, una ópera reaccionaria y progresista. Una obra que tiene un planteamiento clásico, similar al de cualquier partitura de los «años de galeras», los de la trabajosa juventud del músico. Aquí se aúna todo: tradición, números cerrados, exotismo, espectáculo, lenguaje musical de gran modernidad y un tratamiento poético de situaciones y personajes de alquitarado refinamiento. Encontramos, en paralelo, unas muy cuidadas instrumentación y orquestación, a través de las que Verdi obtiene momentos de bello colorido, pasajes de extrema delicadeza y novedad. Pese a que se ha reducido en parte su monumentalidad, atendiendo sobre todo a las nuevas medidas obligatorias de seguridad, la producción sigue pecando de grandilocuencia, lo que hace perder intimidad y recogimiento a los muchos momentos líricos que atesora la partitura y que se combinan con las escenas de masas. En ocasiones la visión se hace confusa pues continuamente se están proyectando, sobre una pantalla translúcida situada en la corbata, imágenes alusivas del antiguo Egipto, monumentos, ruinas, estatuas y otros elementos arquitectónicos.

Se nos ofrece una imagen tópica, más bien rancia y acartonada, aunque lujosa y espectacular de aquella civilización faraónica. La escena de la Marcha triunfal, ese tan famoso «Gloria a Egitto», se edifica sobre enormes escalones de piedra, bien diseñados y reproducidos con toda clase de detalles y con movimientos de figurantes un tanto confusos y a veces infantiles y obvios, redundantes y tópicos, bien que vistosos. No nos gustó la coreografía de Leda Lojodice por su falta de originalidad y su escasa conexión con la acción, aunque tuvo su lado virtuoso. El empleo de largas cintas blancas en el cuadro del templo de Vulcano (que, por cierto, nunca fue adorado por los egipcios) resultó demasiado simplón en su evocación de momias. Las cintas de otros colores jugaron también un papel simbólico en otros momentos. En todo caso, la narración se siguió con fluidez a pesar de los numerosos descansitos ente cuadros. Sólo hubo un intermedio, entre el segundo y el tercer acto

La prestación vocal tuvo sus más y sus menos. Empecemos por lo mejor, que estuvo en la garganta de Aida. La ucraniana Monastyrska posee un instrumento potente y extenso de soprano lírico-“spinto”, con un vibrato apreciable y un metal no del todo bruñido. Es hábil para el filado, del que quizá abusa, aunque hubo momentos muy conseguidos, así en la escena del Nilo. Coronó en un hilo el do sobreagudo de «O patria mia!» y cantó con fuerza y vigor en los conjuntos, donde siempre fue audible. En la parte más grave de su primera octava emite feas sonoridades de tinte nasal. A su lado, Kunde fue un Radamés fatigado y mayor, que cantó una muy deslucida y calante, nada refinada, «Celeste Aida». La voz ha perdido esmalte y suena mate casi siempre, cuando no engolada, excepto en algún agudo bien cogido. Fue a más. Su atuendo era más el de un samurai que el de un general egipcio.

Urmana tiene ahora dos colores, uno en el grave, que suena hueco, y otro a partir del do 4. Pareció reservarse al principio, en donde se la oyó poco, siempre tapada por los demás. Estuvo intensa y artista en el dúo con Aida y echó el resto en su gran escena con Radamés y en su soliloquio posterior, donde los agudos sonaron destemplados. Gagnidze, que sustituía a Viviani, a su vez sustituto de Maestri, mostró su atractivo color baritonal, espeso y firme, con agudos bien puestos y expresión convincente. Mejor el rey de Howard, joven bajo de oscuro timbre, que el Ramfis de Tagliavini, de grave muy débil. Bien Pastrana como sacerdotisa y estupendo el mejicano Lara como mensajero: mostró bello timbre de lírico, buena emisión y caluroso fraseo en su brevísimo cometido. Ahí hay futuro.

Luisotti es un experto conocedor de la literatura de Verdi. Llevó en general “tempi” moderados, sin aceleraciones intempestivas, pero también sin auténtico fuego verdiano, sin marcar ese ritmo férreo e implacable que piden ciertos momentos. Manejó bien las dinámicas y trató con gusto los instantes más líricos. La Orquesta y el Coro del Teatro funcionaron bien engrasados bajo su gesto claro y convincente.

Aida de Verdi desde el Real vídeo

Dirección musical Nicola Luisotti

El rey Soloman Howard
Amneris Violeta Urmana
Aida Liudmyla Monastyrska
Radamès Gregory Kunde
Ramfis Roberto Tagliavini
Amonasro George Gagnidze
Gran sacerdotisa Sandra Pastrana
Un mensajero Fabián Lara

Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real
Maestro del coro Andrés Máspero

Dirección de escena, escenografía y figurines Hugo de Ana

Iluminación Vinicio Cheli
Coreografía Leda Lojodice

Desde el Teatro Real de Madrid, vídeo de Aida de Giuseppe Verdi, protagonizada por Liudmyla Monastyrska, Violeta Urmana y Gregory Kunde, en la representación en directo de marzo de 2018, disponible hasta el 18 de diciembre de 2018, gentileza del Teatro Real y RTVE

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